Actualización: el restaurante Can Fabes se encuentra cerrado en la actualidad pero hemos querido mantener nuestro post en este blog para recordar el día de nuestra visita…
Se acercaba mi cumpleaños (28 de marzo 2012) y Manel, sabiendo de mi impaciencia, se había dedicado durante la última semana, a darme pistas sobre mi regalo. Estas pistas, a veces inventadas y a veces medio ciertas, me hacían deducir que el miércoles, el día en cuestión, iríamos a cenar a algún sitio un poco especial. Tomamos el coche y cogimos la autopista dirección a Girona. En Girona? Ni idea! Había diferentes opciones, no sé… Pero de repente, tomamos la salida hacia Sant Celoni. ¿San Celoni? ¿Qué hay en Sant Celoni? Vamos a cenar en Can Fabes??? Osti tú! Pues sí, sí, vamos a cenar a Can Fabes! Qué ilusión!
Cabe decir que, a nivel de restaurantes, nosotros jugamos en otra liga. Es decir, nos gusta mucho comer fuera de casa y descubrir lugares interesantes, pero la cena en un restaurante como Can Fabes, con 2 estrellas Michelin, es algo diferente y especial. Eso sí, hace mucho tiempo que queríamos probar una experiencia culinaria de las «grandes». Es por ello, que a diferencia del resto de artículos sobre restaurantes (donde valoramos totalmente de manera subjetiva lo que nos ha parecido, y hablamos de precios), no haremos lo mismo con éste. La razón es que, como hemos dicho antes, no pertenecen a las mismas categorías y partimos de la base de que todo era buenísimo. Sin embargo, no podíamos dejar de explicar que nos encontramos visitando este lugar reconocido en todo el mundo.

La cocina de Can Fabes parecía un laboratorio
Sólo entrar, y después de recogernos las chaquetas, nos conducen a la cocina y nos enseñan el lugar de trabajo. Qué cocina! Son alrededor de 14 cocineros por un máximo de 35 comensales… No está mal. El jefe de sala, mientras nos enseña las diferentes zonas del restaurante, nos cuenta que por culpa de la crisis han tenido que reducir personal y algún sector de la cocina ha sido reubicado para ser más eficientes. También nos comenta que están esperando una mesa reservada, que todavía no había llegado, y que «esperamos no nos den plantón, toquemos madera». Un comentario un poco fuera de lugar, la verdad, teniendo en cuenta que apenas eran las 9 de la noche y que nosotros también somos clientes…
Dejando de lado este pequeño comentario, nos sentamos a la mesa y comienzan a desfilar camareros, someliers, especialista en pan… Nos da la impresión de que el primer camarero que nos sirve debe ser nuevo o pobre, muy tímido o algo parecido porque no habla y cuando lo hace, es bastante «indeciso». Por suerte, enseguida conocemos a nuestro nuevo camarero: un chico portugués que se deshace por complacernos. Muy profesional, la verdad.
Vamos a lo que nos interesa: la comida. Tenemos dos opciones de menú, el de invierno y el de trufa. Aparte, hay unos cuantos platos para pedir a la carta. Finalmente, nos decidimos por el menú degustación de invierno, compuesto por 14 platos en total.
Para empezar, 3 aperitivos, que en total eran 6 degustaciones de cosas diferentes. Lo mejor, una crema de patata con aceite de chorizo (textura inmejorable y combinación de sabores espectaculares) y la zamburiña con hoja de limonero (la carne de este molusco parecido a la vieira estaba en su punto, tierna y sabrosa). Lo peor, el macaron hecho con aceituna negra y pasta de anchoa (la combinación de la pasta de anchoa con la dulzura del macaron no ligaban nada).
Croqueta de erizo de mar, buñuelo de ibérico y macaron de aceituna negra con pasta de anchoa
Crema de patata con aceite de chorizo y mousse de trucha marinada
Después, 3 entrantes. Lo mejor, la crema de «Tupinamba» (un tubérculo de origen sudamericano parecido a la patata) con trufa y apio. Muy bueno y la combinación, extraña pero sorprendente. Quizás no destacaron los brotes de col con papada ibérica y mandarina. Para mi gusto, la verdura estaba un poco cruda, demasiado «al dente», y la mandarina no acababa de ligar mucho en medio del plato… El tercer entrante, el tajin de coliflor, también sorprendía.
Tajin de coliflor ecológica, hecha como un cuscús, con cebollas y piñones garrapiñados
Crema de «tupinambos» de Gallecs, trufa y apio
Brotes de col, «papada» ibérica, zanahorias y mandarina
A continuación, 3 principales. El mejor, el pescado de lonja, que en este caso era mero, muy bien hecho. Destacaba por encima de la carne, ternera con salsa de mostaza. Estaba buena pero para mi gusto podía ser un poco más tierna y la salsa estaba un poco demasiado «avinagrada», supongo que era debido a la mostaza. En cambio a Manel le gustó bastante (ya se sabe que esto de los gustos es muy personal…).
Mollejas de ternero lechal con pan crujiente de hierbas mediterráneas
Pescado de la lonja de Blanes (ese día era Mero) acompañado de caldo con pieles de patatas y boniatos
Ternera a la «mode» con salsa de mostaza antigua
Para mí, la mejor parte de la cena, fueron los postres. Bueno, y el queso que nos trajeron antes del postre, que era un queso de cabra hecho al Pla de la Calma (el Montseny) con trufa y acompañado de ensalada de pera. Muy, muy bueno. Los pre-postre eran una combinación de bizcocho de té verde, piña natural, mousse de fruta de la pasión y helado de rúcula. Buenísimo y sorprendente. Seguidamente, una mousse de chocolate blanco, con una capa de chocolate negro, pistachos naturales y garrapiñados, helado de mandarina y dos trocitos de merengue por encima. Realmente espectacular! Y por último, toda una bandejita con diferentes degustaciones con bombones variados y otras dulces delicias.
Queso de cabra trufado
Mousse de maracuyá, biscuit de te verde, piña y helado de rúcula
Vacherin de mandarina y pistachos
Dulces variados para acabar con los postres
En definitiva, una experiencia muy recomendable para vivir otro tipo de cocina y de manera de concebir los sabores y las combinaciones de sabores al que estamos acostumbrados. Os recomendamos no comer durante el día antes de la cena!

Una infusión fué el final del repertorio. La barriga a punto de explotar…